Bryan Castro
Salvadoreño. Político y comunicador coordinador de ventas y operaciones empresariales.

Ser joven es la etapa más difícil pero emocionante de la vida, es donde todos te exigen algo o esperan algo de ti, es donde te dicen que eres el futuro, que debes tomar las mejores decisiones, que no puedes equivocarte o que no puedes desaprovechar el tiempo. Es esa etapa que te permite descubrir quién y cómo eres, pero sobre todo es el momento donde puedes decidir tu futuro, donde comienzas a escribir tus propias historias y debes aprender a brillar por tu cuenta.

Todos hemos pasado en algún momento de nuestra juventud alguna crisis emocional, existencial o profesional; sin importar tu condición familiar, social, económica, política u otra. Es algo normal que como jóvenes podemos atravesar y en repetidas ocasiones, lo importante de todo esto es que aprendamos a no solo ver el problema sino aprovechar ese problema para cuestionarnos y sacar lo mejor de nosotros en cada momento de nuestra vida.

Las experiencias que me han tocado vivir en mi vida me ha permitido aprender y sentirme orgulloso de lo que he logrado, fui afortunado de tener una infancia y adolescencia con mi núcleo familiar completo, a pesar de algunas limitaciones pude sentir en todo momento el apoyo de mis padres que se preocuparon por mi educación, alimentación, vivienda y felicidad en todo momento. Todo parecía ir bien y “normal” pero al cumplir 14 años tuve que enfrentar una situación que muchas familias centroamericanas tenemos en común, la separación familiar por migración.

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De acuerdo a cifras del portal web del Instituto de Política Migratoria, existen más de 6 millones 229 mil migrantes centroamericanos en el mundo, de acuerdo a estas estimaciones pueden imaginar la cantidad de jóvenes que como yo y a lo mejor tú, han atravesado por una situación similar de separación familiar. Esto sin contar los miles de niños y jóvenes que han sido ellos quienes deben migrar por alguna situación y dejar a su familia “atrás”. El problema de la migración nos afecta a todos por igual, a unos más que otros eso es seguro, pero es un problema del que nadie está exento.

En el momento que me tocó atravesar esta situación quedé solo con mi madre y hermana menor que tenía solo 7 años; me convertí en “el hombre de la casa”, cuántas veces hemos escuchado esta frase que generalmente nos hace sentir grandes y fuertes. Lo complicado es cuando esta frase se vuelve realidad y muchos de los que hemos atravesado el problema de la desintegración familiar sabemos lo complicado que se vuelve tener que asumir un rol que aún no correspondería. Creo que todo niño sueña con seguir los pasos de su padre, de dar todo por su familia y de no rendirse nunca; y créanme que yo lo aprendí.

No negaré que fue duro crecer separados, pero eso me motivo a aprovechar cada oportunidad y pensar en todo el sacrificio que mis padres hacían por mí, por mi hermana y por mi familia. Estoy orgulloso de ser hijo de mis padres, con sus perfecciones e imperfecciones, con sus enojos y alegrías, con sus enseñanzas y castigos, y esto es de lo que quiero hablarles ahora. Quiero escribir lo que pocas veces he dicho, quiero que otros jóvenes que han pasado por esta separación puedan encontrarse y detenerse a pensar en lo orgulloso que debe hacernos sentir nuestras raíces y lo que hemos logrado.

Para lograr alcanzar nuestras metas debemos aprovechar las oportunidades que tengamos por pequeñas que parezcan pueden servir y llevarnos más lejos de lo que imaginamos. He sido afortunado a lo largo de mi vida por encontrar oportunidades de formación; desde los 9 años formé parte de programas de capacitación permanente con Plan Internacional, siendo parte de un grupo de niños comunicadores. A los 17 años tuve la oportunidad de involucrarme en un proceso de formación política en la Democracia Cristiana, este proceso lo iniciamos más de 30 jóvenes, esta oportunidad me permitió conocer otras instituciones de carácter internacional que creen en la capacidad que tenemos los jóvenes, instituciones como la Konrad Adenauer, instituciones que creen en la región y trabajan por la formación, por la defensa de los valores humanistas y la democracia.

Estas oportunidades no llegan muchas veces en la vida, pero la decisión es de cada uno aprovecharlas y sacar el máximo provecho. Han pasado muchos años y he conocido a muchas personas que me han permitido aprender y replicar conocimientos, el aprovechar estos espacios no me han hecho mejor o peor persona, pero sí me han hecho diferente, me han convertido en una persona con deseo por luchar y transformar mi realidad, mi país y mi región.

No me considero una persona extraordinaria, estoy seguro de que hay personas con un potencial mayor y es a esas personas a las que intento llegar, poder compartir conocimientos y oportunidades. Creo firmemente que como jóvenes somos el presente y que es nuestra responsabilidad alcanzar las metas con las que soñamos, que ningún esfuerzo es en vano y que el mejor trabajo que podamos hacer es unir esfuerzos, concientizar a otros que seamos una sociedad que exige sus derechos pero que trabaje en la construcción de oportunidades para todos, siempre buscando el bien común.

Estoy seguro que como mi padre, que es parte de los más de 6 millones de migrantes centroamericanos, hay otros hijos que están orgullosos y que es momento de unir la voz para reconocer que los centroamericanos somos afortunados.

Somos una región con un potencial de crecimiento exponencial, nuestra diversidad cultura, biodiversidad y posición geográfica nos convierte en una de las regiones más afortunadas de todo el planeta tierra. Nuestra gente tiene corazones nobles, un arraigo familiar y el deseo de buscar siempre lo mejor para los nuestros; somos un pueblo de trabajo incansable. Como decía Roque Dalton (1974) en su poema de amor, “los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo”, en estas frases resumió brevemente lo que es ser salvadoreño, pero creo que también lo que es ser centroamericano.

Somos un pueblo de valientes guerreros que a lo largo de nuestra historia hemos sido testigos de movimientos, luchas y un sinfín de situaciones que nos han llevado a sacar lo mejor de nuestras raíces y de nuestra sangre, pero en este texto no hablaremos de historia porque eso estoy seguro que lo hemos visto antes. No busco enseñar a nadie, quiero que hagamos un alto para pensar en quiénes somos y hacia dónde vamos.

Que como jóvenes podamos ver que podemos potencializar nuestro entorno, que debemos romper el patrón de buscar únicamente en otros lugares, países o regiones la oportunidad de crecer, de salir adelante. Tenemos todo frente a nosotros y es hora que como una generación comprometida podamos crear las bases para lo que espera a nuestra región.

Debemos demostrar que somos una generación que está a punto de escribir su historia, una generación que le ha tocado vivir uno de los años más difíciles de las últimas décadas. El año 2020 con su pandemia y desastres naturales, ha sido un año de aprendizaje para todos, que nos ha obligado a hacer un alto, hemos vivido meses de dolor y sufrimiento, de una búsqueda por encontrarnos interiormente, de intentar aprender y aprovechar el tiempo de la mejor manera. Pero a pesar de todo, hemos seguido adelante, con una sonrisa en el rostro y con la mirada hacia adelante.

Vivimos en un mundo que nos lleva corriendo a gran velocidad, siendo como peces en una corriente en medio del océano, una corriente que no logramos detener. Es por eso que ese momento es ahora, estamos en un punto de inflexión, en el punto de partida para comenzar a reescribir nuestra historia. De ver el coraje y la dedicación con la que cada salvadoreño, guatemalteco, hondureño, nicaragüense, costarricense, panameño, Belizeño y dominicano ha salido adelante, adaptándose a la era digital y a un mundo que hace algunos meses muchos desconocían.

Es por eso que el momento es ahora, es el momento de recomenzar, de hacer que surjan nuevos liderazgos, pero liderazgos reales de esos que se necesitan para que las cosas cambien no por imposición sino por convicción. Liderazgos de personas como tú y como yo, que por lo poco que creamos que tenemos o sabemos nos sobra pasión y deseo de construir un mejor futuro; de personas que han atravesado los estragos de la migración, de la violencia, la inseguridad, del desempleo y otros problemas, que nos han dejado cicatrices que nos han dado las fuerzas para buscar realizar cambios positivos para todos. De personas comunes y corrientes, pero que tienen un corazón que late con un deseo de unir esfuerzos que permitan mejorar la vida para los centroamericanos.

Estamos a las puertas del bicentenario de la independencia, esa por la que lucharon nuestros antepasados pero que nunca terminó de completarse, somos pueblos independientes, pero nos quedamos sometidos a un control político voluntario. Han intentado muchas veces callarnos o someternos, pero no lo han logrado porque somos un pueblo con la capacidad de luchar por lo que creemos.

Estamos en frente de una historia sin precedentes, no permitas que nadie te diga que no puedes, o que no lo lograrás; ese deseo que tienes de cambiar las cosas y de trabajar por ti serán las herramientas que te llevarán al éxito. Somos jóvenes capaces, somos lo que necesita nuestro país y nuestra región.

Los cambios políticos, sociales o económicos que puedan darse no determinarán nuestro futuro, ese poder solo nos pertenece a nosotros, es momento que nos unamos y creamos en una sola Centroamérica. Que podamos potencializar nuestras capacidades para ser la generación del cambio y de la integración, una generación capaz de botar estereotipos y que sin importar quién seas podamos ver a un político y un artista, un ingeniero y un bailarín, un deportista y un abogado, todos trabajando por un mismo fin y todos unidos por ser jóvenes comprometidos por transformar la región de la que somos parte.

Debemos demostrar que no somos una generación pasiva y conformista, debemos demostrar que no somos egoístas que hemos comprendido que las tecnologías de comunicación son una herramienta, pero no es la vida, que somos una generación consciente de los retos y que vamos a enfrentarlos.

El futuro no depende solo de lo que otros van a hacer, depende de las bases que nosotros mismos estamos construyendo. En El Salvador y en la región estamos en un punto de inflexión político y social, a las puertas de definir el rumbo que tomaremos para los siguientes años. El rol que debemos tomar los jóvenes cada vez es más importante, debemos luchar por conseguir espacios y propiciar un relevo generacional dentro de las instituciones políticas y sociales; este relevo no se nos va a regalar, debemos ganarlo a través de trabajo y una vez lo logremos, debemos estar preparados para asumirlo con responsabilidad.

El activismo o influencia social no es algo de reconocimiento o seguidores en redes sociales, es convertirnos en agentes que impulsen cambios. Es potencializar nuestras habilidades y enfocarlas para que podamos convertirnos en replicadores de buenas prácticas, con pequeñas acciones que generen un cambio positivo que contagien a otros el deseo de construir un municipio, un país, una región mejor.

Muchos jóvenes hemos vivido de cerca la migración y las consecuencias que tiene en el ámbito personal y familiar. Puedo asegurar que lo que esto genere en nuestra vida depende de cada uno, debemos ver los problemas como esa oportunidad de mejorar y salir adelante. El crear las condiciones para frenar la migración no depende solo del Gobierno o de la empresa privada, sino de toda la sociedad que debe creer y aportar para tener un país mejor, debemos trabajar en común, dejando de trabajar de forma individual.

Si no actuamos ahora la migración seguirá marcando la vida de millones de centroamericanos, que por diferentes motivos toman esa difícil decisión. Muchos arriesgando su vida en trayectos arriesgados, seguiremos viendo postales como las caravanas de migración masiva del triángulo Norte. Para detener esto, debemos unirnos como región centroamericana, tenemos la capacidad de alcanzar un desarrollo para todos los países, generando atractivos de inversión, aprovechando nuestra posición geográfica privilegiada, nuestra biodiversidad y todas las bondades que tenemos, si logramos esto, podríamos dar un paso más en la vía del desarrollo.

Debemos unirnos y apoyar las iniciativas del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), debemos sentar las bases para el futuro que nos espera. El momento para hacerlo es ahora, debemos creer, actuar y generar cambios, si no lo hacemos ahora que tenemos la oportunidad pasarán otros 30 años más en los que estos esfuerzos que impulsan diferentes pilares de integración, en diversas áreas de desarrollo local y regional, avanzarán poco, es nuestra oportunidad aprovechar estas acciones poniendo nuestro esfuerzo, dedicación y corazón. No podemos seguir dejando el trabajo a otros, está en nuestras manos hacerlo. Debemos ser esa generación del cambio, tenemos todas las herramientas a nuestro alcance, acceso a comunicarnos, a organizarnos y poder transformar nuestro entorno, nuestro país y nuestra región.

Los jóvenes somos capaces y podemos lograrlo, rompamos paradigmas y enseñemos a otros, todos somos importantes y cada persona que cree en ti está sumando esfuerzos para alcanzar las metas que solo juntos podemos alcanzar.

Para lograrlo debemos creerlo, debemos comprometernos y mirar en un futuro de unión, mirar en un futuro que será formado por nosotros mismos. Que nadie te diga que no puedes, que nadie te diga que no eres capaz, el poder de decisión está en cada uno, lo que creamos, lo que hagamos y en lo que trabajemos será lo que marcará el futuro que nos espera como salvadoreños y como centroamericanos.

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